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La Ley del Karma afirma que: “Por cada acción, hay una reacción igual y opuesta”. En otras palabras, lo que se siembra se cosecha; o lo que uno da al mundo y a otras personas, lo recibe en la misma cantidad. Si uno da felicidad, recibe felicidad. Si causa dolor, recibe dolor. Uno no se puede esconder, ni escapar de las consecuencias de las acciones. Las leyes naturales y físicas que gobiernan este universo revelan los actos más secretos, castigan todo crimen, recompensan toda virtud y buen acto y remedian toda equivocación de una forma incógnita, pero con absoluta precisión y certeza.

La Ley del Karma es sencilla, pero cuando se entiende en profundidad puede proporcionar perspicacia y despertar en las personas el significado de cada pensamiento, palabra y acción. El karma comienza en la mente como pensamientos, las semillas de las acciones. Tal como es el pensamiento, así será el resultado. Tanto los pensamientos como las acciones esparcen vibraciones e influyen en el ambiente.

Estas vibraciones se llaman karmas sutiles. Los karmas, tanto físicos como sutiles, devuelven vibraciones, buenas o malas. Por tanto, comprender las consecuencias de las actitudes y de los actos es hacerse totalmente responsable de nuestro propio estado mental y de la calidad de nuestras acciones. Si en el mundo cada persona asumiera esta responsabilidad, el impacto en nuestras vidas daría como resultado cambios fundamentales en el estado del mundo.

Mientras que la Ley del Karma dicta que lo que estamos experimentando ahora es el resultado de nuestras acciones pasadas, la Ley —al definir claramente el principio de causa y efecto— también coloca ante nosotros la posibilidad de elegir direcciones positivas futuras. El realizar acciones puras y beneficiosas crea ese futuro.

Adoptar el hábito de examinar y cambiar para mejorar asegura los modelos clásicos en el sendero de la vida y garantiza una llegada segura al destino de nuestra elección.

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